Religiosidad inducida

Acabo de terminar de ver una película que me ha encantado, me ha hecho reflexionar bastante. Se llama El hijo del otro y se sitúa entre Israel y Palestina, en los territorios ocupados por Israel. El día que dos madres dan a luz en el mismo hospital, en Haifa, un bombardero les obliga a refugiarse, mientras una enfermera cuida a los recién nacidos. Diecicocho años después, una de las madres descubre que ese día se produjo un intercambio de ambos niños. Tras el impacto emocional primero, todos los cimientos de estos dos jóvenes se van a ver dinamitados.¿Por qué? Porque una de las familias es judía y la otra musulmana.
Los dos jóvenes intercambiados procesan, a su pesar, una religión excluyente y fanática, dado en el extremismo religioso en el que se vive en esa zona. Todo lo que les rodea es igual, y es diferente a la vez. Uno pertenece al pueblo opresor y el otro al oprimido. Uno saluda Shalom y el otro As Salaam.
Lo que me ha hecho reflexionar es el hecho de la identidad religiosa. El chico árabe educado judío se enfrenta a su rabí de toda la vida, el cual llega hasta impedirle la entrada en la sinagoga tras enterarse de que no es judio. Y el chico le pregunta..
– ¿No soy judío?
– No, ahora estás en el camino de serlo
– Pero, fuí circuncidado y celebré mi bar mitzvah. ¿Y ahora me dice que ya no soy judío?
– No. Tu madre no es judia, te falta la herencia.
– Pero, entonces, el otro chico, el que no soy yo…¿Es él más judío que yo?
– Efectivamente… Él es judío-
Y yo entonces, me pregunto cuáles son las señas de identidad de las personas. Lo que nos hace una u otra cosa. El hecho de que alguien hable el hebreo o hable el árabe lo es por aculturación. Rezarle a Al lah o rezarle a Ýahvé es solo circunstancial. Luego… Si somos en esencia lo mismo, ¿Por qué somos capaces de matar por una forma si, en esencia, los conceptos son universales? ¿Somos judíos, o nos sentimos judíos? ¿Somos musulmanes, o nos sentimos musulmanes?
El odio al otro es educacional. Sentirse algo no debería ser excluyente de sentirse otra cosa. Ser judío, musulmán o cristiano no debería excluir sentirse persona. Al igual que no creer en ninguna religión es perfectamente lícito.
Ahora, España ha entrado por la puerta de atrás en un estado de cristianismo obligado. Los ejecutores de la aconfesionalidad están dinamitando con cada ley el laicismo que elegimos en nuestra Constitución. La Iglesia se está colando en las rendijas del sistema para obligarnos a vivir según unas normas estúpidas e impuestas por una religión. Soy insumisa a las leyes católicas. Soy insumisa a las leyes confesionales. No han tenido bastante con los años que nos llevan gobernando a la sazón, y quieren seguir obligándos, como desde la época de los Reyes Católicos, a vivir según el modelo integrista católico, sin haber aprendido en todos estos años, que no se puede obligar ni impedir el sentir de las personas, el sentir religioso.

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Después del Tsunami 22M

He dejado pasar varios días desde que Madrid colapsó con el Tsunami de paz de la Marcha por la Dignidad. Tras las oleadas del sábado 22 necesitaba que el mar, y sus mareas, volvieran con sus aguas a sus  cauces.

He leído mucho sobre lo que ese día pasó y no pasó. De lo que algunos quisieron que pasara. Y he llegado a la conclusión de que no nos van a dejar ir en paz.

Es curioso que, después de 80 años, sigan queriendo dividir España en dos mitades. Quieren seguir con la estela de Machado previa al golpe de Estado de Franco. Quieren que los ánimos se enciendan. Quieren que tengamos miedo. Y es curioso porque esa España que describen ya no existe, por más que muchos se empeñen en desenterrarla. La España de hoy en nada es comparable a la de entonces. Pero, en el subconsciente colectivo quedan rescoldos, imágenes imprecisas de lo analogías prefabricadas in extremis por los medios de in-comunicación que vocean las consignas del Gobierno.

La España de entonces, desafortunadamente, se poblaba de personas con menos formación que los de ahora. El siglo XXI recoge la siembra de unas generaciones que se han venido  formando en una mayor igualdad de oportunidades y con el consiguiente acceso a la información. La diversidad de las Comunidades Autónomas propicia las diferencias culturales, sociales y, desafortunadamente también, económicas. La España de hoy es una España más diversa, más plural,  donde las diferencias han enriquecido nuestro espectro cultural gracias a las aportaciones indispensables de las mujeres, integradas paulatinamente a la vida social, económica y política, y de los migrantes, cohesionados en nuestra sociedad.

Los que rescatan del pasado el espectro de las Derechas y las Izquierdas quieren convencernos de que ambas posturas son antagónicas. Quieren provocarnos un conflicto a la hora de definirnos, de forma excluyente. Quieren demonizar las diferencias que nos puedan separar, para ahondar en la sensación del bipartidismo, como contraste con lo que sería, a mi parecer, una situación más idónea, la del binomio.

La situación global tampoco es la misma que hace casi un siglo. El mundo de ahora está dominado por una fuerza económica, sin precedentes. Por ello, las posibles soluciones tampoco tienen precedentes. Serían soluciones nuevas a problemas nuevos, y no soluciones viejas a problemas nuevos. Y seguir ahondando la brecha de izquierdas o derechas, sería seguir en el camino antiguo. Claro está que hay muchas diferencias entre las izquierdas y la derecha. Claro que se ven diferentes los problemas y las soluciones, económicas y sociales. Pero, en estos momentos, todas esas diferencias pueden guardarse en el cajón a la espera de solucionar los gravísimos problemas que asolan España.

Un atisvo de que eso es posible fué lo que pasó el pasado día 22 de Marzo. Casi trescientas organizaciones sociales y políticas confluyeron en la imperiosa necesidad de salir a la calle caminando hasta Madrid, sede del Gobierno que nos presiona y nos ahoga, para gritarles a la cara que ya estamos hartos, cansados de su explotación e inmisericordia. Lideradas y conducidas por un grupo de ellas, con un equipo humano que no deja lugar a dudas sobre su honestidad de intenciones, este Tsunami llegó a Madrid como nunca esperaron que se hiciera: a pié.  La Marcha por la Dignidad ha culminado con éxito su objetivo principal, el de juntar en lugar de separar, el de unir en lugar de desunir. Todas las mareas que vienen inundando España de colores, todos los movimientos sociales reivindicativos, todas las asociaciones , juntaron sus banderas, sus insignias, sus colores, para formar un arcoiris humano, multicolor, multiétnico, multicultural.

Los intentos continuados de este Gobirno, apéndice de la troika, por criminalizar la Marcha han resultado infructuosos. Los Medios de comunicación, sordos a la información veraz y ciegos con la verdad, destacan en sus portadas las anécdotas y las hacen pasar por noticias. Faltando continuadamente a la labor periodística, desestimando la realidad. Pero, incapaces de convencer a la ciudadanía. Las redes sociales desmontan las mentiras de Estado. Demuestran sus artimañas. Nos aproximan a la verdad.

Y es que es difícil seguir acallando los pensamientos de la Mayoría. Porque es difícil moldear los sentimientos del pueblo. Izquierdas y derechas viajan juntos en el mismo barco, ese que las hordas hostiles de la troika bombardean sin piedad, agujereando el casco y propiciando que el barco se hunda. Porque España se hunde. La España real, la del pueblo real, la España mayoritaria. Las mentiras que edulcoran esta realidad ya no las cree nadie. Ciertamente, algunos viajan en Primera, otros en Segunda y la mayoría en Tercera. Pero, al fin y al cabo, con o sin salvavidas, todos podemos ahogarnos. El Tsunami del 22M solo nos muestra que el camino de la unidad nos lleva hasta el corazón de la troika caminando. Nos enseña el camino de lucha olvidado. Nos demuestra lo que habíamos olvidado: que a pesar de las diferencias, si nos unimos podemos conseguirlo.

 

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Los monos sabios

EmilioLa muerte lamentable de varios miembros de una familia en Alcalá de Guadaira, por una intoxicación alimentaria de origen aún desconocido, ha levantado no pocas ampollas, no pocos comentarios, no pocas indignaciones. Con razón.

La pobreza a la que se está llegando en España, en Europa en general, (y en el mundo desde hace mucho tiempo ya),  tiene un origen. Tiene un principio, luego tiene un culpable. Esta situación de paro se dá unida a la ligereza con que los poderes públicos se toman las cifras, obviando lo que debería ser inolvidable y prioritario: las personas que esconden detrás de cada número.

Cuando hablamos de familias en riesgo de exclusión social, de lo que hablamos en realidad es de familias que, sin más ingresos que las ayudas sociales( en el caso de los privilegiados), tienen que hacer cábalas para pagar una media del 25% de dichos en ingresos en luz, agua, gas y transporte; y poder comer todos los miembros de esas familias con el 75% restante. Y dejando de mencionar la mayor cuantía de todas, la de la vivienda. ¿Quién de nosotros podría?

A los dirigentes españoles les gusta mirar a Europa, menos cuando dichas comparaciones no nos benefician. Miremos a Europa.

Reino Unido, Francia  o  Alemania. Países espejo del resto en lo social y en lo económico. ¿Cómo enfocan ellos el llamado Bienestar Social? De muy diferentes formas, pero con un nexo común: una parte de la sociedad vive ayudada y sostenida por el Estado. Cuando se llega a un límite de carencia, el Estado se pone en marcha para, de muy diversas formas, ayudar a los ciudadanos. Y eso que hablamos de países que, de ninguna manera, pueden ser considerados socialistas ni no capitalistas. Las ayudas sociales-tengan los requisitos necesarios que cumplir que sean- ahondan en el bienestar que consideran mínimo: el sostenimiento de vivienda, calefacción y  luz. Además de disponer de normativas que impiden, por ejemplo, echar a las familias morosas a la calle, en momentos específicos, como el invierno. Los más agraciados tienen, incluso,  legisladas ayudas para los menores, con una educación pública, como método de inserción de aquellos menos favorecidos.

En España, con la luz que ha subido un 104% desde 2002, hasta convertirse en la tercera más cara de la UE, solo adelantada por Grecia e Irlanda, (curiosamente, miembros de los PIGS, y con rescates bancarios de por medio).Con un panorama así, me cuestiono la honorabilidad o no desde otro prisma.
Como decía en su blog Sebastián de la Obra, al final quieren que creamos que somos los responsables de nuestro destino. Yo opino que nos han inculcado, hasta grabarlo en nuestro ADN, una suerte de “Sueño americano” a la inversa… Nos han convencido sin fisuras de que la responsabilidad última por nuestra propia situación es, simplemente, nuestra. El Estado que es España ha derivado su propia responsabilidad hacia su ciudadanía. Nos ha convencido de su falta de responsabilidad, de una forma tal que aceptamos esa falta de responsabilidad con estoicismo. Los que luchamos, lo hacemos pidiendo, exigiéndole, el papel fundamental que no desean, pero que tienen.
Cuando los medios de comunicación han cubierto la noticia de la familia muerta en Alcalá de Guadaira, han descrito a la familia como “indigente”. Han hablado de su necesidad perentoria de buscar en los contenedores la comida. Lo cual, parece ser, es incierto. Los familiares se han molestado por esta circunstancia, y muchos han recitado un mea culpa, por no haberse cercionado antes de estos hechos y haber corrido la noticia sin verificar, dándola como cierta. La rigurosidad ha pasado a segundo plano con la intención de sacar un titular. Y hasta ahí, de acuerdo.
Muchos han visto en esta familia, la figura del mártir detonante que provocara la explosión que hiciera estallar este sistema por los aires.Ciertamente, muchos vimos en esta desgracia la oportunidad,(en absoluto deseada), para que todos nos viéramos reflejados. Antes o después, el hambre y la necesidad nos va a llegar, de seguir así las cosas. Ya nos llega, de una forma más indirecta. Pero, no lo vemos. A veces necesitamos del mártir para tomar la plaza Tahir española. Un empuje. La necesidad está causando estragos. En Grecia ya se mide en años probables de vida. Nos alimentamos mal, y eso nos pasará factura en un futuro no lejano. Nos medicamos mal, o dejamos de medicarnos. Gracias al repago, muchas personas se ven abocadas a dejar tratamientos por encima de sus posibilidades. Han renacido enfermedades que creimos erradicadas. Nos cuidamos menos en muchos aspectos de nuestra vida, por lo que la esperanza de vida está bajando.
Este padre de familia, fontanero fué excluído del sistema por el sistema mismo y no es mas que un reflejo de lo que pasa a nuestro alrededor contínuamente. Con casi seis millones de personas en paro, lo cual afecta, al menos, a unos quince millones más, hay millones de historias particulares las cuales, sumadas, conforman la Historia real. Sus familiares apelan a la honorabilidad vulnerada, al no ajustarse a la verdad algunos hechos descritos en las noticias. Pero, yo me pregunto. ¿Y si hubiera sido así? Imaginemos, por un momento, que este padre de familia se levantara cada mañana a las siete, cogiera su antigua furgoneta de trabajo, y que, mientras sus hijas se iban al colegio a continuar con sus estudios- con una gran esperanza de que las cosas pudieran cambiar de un momento a otro, que esta gran estafa llamada crisis acabara como acaban las malas pesadillas- y se marchara a recoger cartones, hierro, o las miles de cosas que, aún hoy, solemos tirar a la basura, pero pueden ser recicladas. Supongamos que, cada tarde, llegara extenuado, después de patearse una ciudad en busca de un sustento. Supongamos que hubiera agotado todas las precarias prestaciones que la Junta de Andalucía y el Estado proporciona. Supongamos que, con esos gastos de mantenimiento de su hogar, tuvieran que recurrir a los deshechos de supermercados y mercados. Supongamos que, puesto que los poderes públicos no garantizan estos mínimos, tienen que buscar el sustento diario de esta forma… ¿Significa eso que esta familia habría perdido la honorabilidad? No. Decididamente, eso le haría aún más honorable. Alguien que, antes esta situación, no tira la toalla, ya tiene ganado el mérito. La dignidad no lo da el dinero. El sistema ha intentado, con muchísimo éxito, me temo, inculcarnos el precio de la dignidad. Y la Dignidad no es eso que nos venden. El hecho de que alguien, cada día, se levante con ganas y fuerzas de luchar por su vida, merece el mayor de los respetos. Creemos que el respeto y la dignidad la ostentan personas que conducen coches maravillosos, visten trajes de marca, cuelgan joyas de sus orejas y viajan a sitios éxoticos. Hemos confundido la respetabilidad con el éxito empresarial. Hemos confundido honorabilidad con cargos políticos, económicos y sociales, con perfiles como los de los señores Blesa, Bárcenas o Urdangarín. Y hemos culpado hasta la saciedad, aquellas personas cuyo único pecado ha sido el de querer integrarse en este sistema.
La honorabilidad… ¡Qué tergiversados han sido estos conceptos!… Nos autoculpamos de los fracasos, cuando el facaso solo es del sistema mismo. Nos autoculpamos de la pobreza. Nos avergonzamos. Y los únicos que tendrían que tener vergüenza son aquellos de cuyos actos se derivan estos otros. Y los demás, cuando vemos la vergüenza ajena, nos hacemos los ciegos, los sordos, los mudos- como los monos sabios de Sanzaru- Y para no avergonzarles, les dejamos solos en su vergüenza. Creo que no debemos compadecernos, sino luchar con ahínco contra la tiranía del sistema al que no le duelen sus ciudadanos.

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Neofranquismo

Siempre me he resistido a utilizar el nombre de franquismo para describir al fascismo que gobernó España tras la guerra civil comenzada a raíz del golpe de Estado protagonizado por el consiguiente dictador, Francisco Franco. Y me he resistido, más que nada, porque ese término edulcoraba la esencia misma del régimen de horror al que nos sometieron durante tantos años. Mientras todos los Estados fascistas protagonistas de la II Guerra Mundial desaparecían, habiendo sido arrasados por las mismas sociedades donde habían sido instaladas, en España seguimos gobernados durante cuarenta años bajo la dictadura mas férrea de lo que cabe suponerse.
No se trata ahora de analizar la coyuntura mundial que permitió, si no alentó, la existencia en España de este gobierno autocrático. Esa coyuntura ha desaparecido, se ha transformado. Ahora, la nueva coyuntura es la de la autarquía de los mercados, a la que muchos Estados del mundo se están viendo impelidos a someterse. Sin embargo, dentro de nuestras fronteras y al margen de la Unión Europea, se está creando un nuevo régimen de control de los ciudadanos, enraizados en el régimen anterior franquista. Para sostener la manipulación que la troika impone a nuestros Gobiernos de Europa del sur, algunos Estados se están volviendo Estados Policiales, brazos armados de gobiernos totalitaristas y no democráticos.
Ahora, la dictadura de la troika quiere imponerse a los gobiernos de los Estados. Los dictados del FMI o BCE, enviados sutilmente como meros consejos, encierran órdenes férreas a cumplir por los ciudadanos europeos sometidos a sus falsas ayudas. Los consiguientes recortes ejercidos desde los Gobiernos están siendo recibidos de mala gana por los ciudadanos, a los que se les está esquilmando su colchón social. Bajo el engaño de los Rescates la educación, la sanidad, la cultura, los servicios públicos, el trasporte público… Todos los sectores levantados y sostenidos por el Estado, financiados por tanto con dinero público( que sale de los impuestos de todos los españoles), están siendo privatizados, vendidos a bajo precio, casi regalados, a empresas españolas o multinacionales.
Con la llegada del PP a La Moncloa, el abuso de poder está permitiendo socabar el patrimonio español, el de todos los españoles. Pero, ya no somos aquella generación del 36 cuyos ciudadanos acataron el nuevo Régimen sin apenas oposición, tras la dura Guerra Civil que sucedió al Golpe de Estado. Ahora, nuestra sociedad está más lúcida ante lo que está pasando, mejor informada, a pesar de los esfuerzos institucionales por desinformar y tergiversar. Por lo que la respuesta ejercida está siendo más beligerante: no nos dejaremos robar o engañar con pasividad.
La nueva Ley de Seguridad Ciudadana, un eufemismo que esconde lo que se viene en llamar la Ley Mordaza, se enraiza en los conceptos franquistas que llevaron a sus leyes de control de los ciudadanos. Las raices más profundas de esta ley se nutre de los conceptos fascistas de un pasado inacabado. Aunque intentan enmascararlo, nos hemos dado cuenta. Están siendo contestados desde todos los sectores. La fuerte respuesta social ante los desmanes de estos gobernantes ha sido tan contundente, que el Miedo ha cambiado de bando. Nuestro miedo nos hizo fuertes y ahora su miedo les hace débiles. Transforman las leyes en otras leyes inmorales y, seguramente, inconstitucionales.
Esta nueva Ley refleja ese miedo institucional a nuestra respuesta. Las manifestaciones, las huelgas, todas las herramientas que una democracia utliza para manifestar su desacuerdo con la forma de ser gobernados están siendo coartadas. Luego, la Democracia está siendo coartada. Nos quieres invisibles. Nos quieren fuera de las calles. Porque saben que nuestra visibilidad les perjudica. Ahora se acercan las primeras elecciones tras sus desmanes, y se han dado mucha prisa para sacarnos de su vista. Nos quieren en casa. Protestando en voz baja y desunidos. Nos quieren temerosos, y nos infunden ese miedo a golpe de talonario. Pero, están profundamente equivocados. Aún están vivos aquellos que salieron a las calles con el otro dictador. El franquismo no pudo evitar “morir en las calles, aún cuando el dictador muriera en la cama“, como bien señala el profesor Navarro. Así mismo, este neofranquismo al que le vemos indefectiblemente el plumero, morirá de nuevo en las calles, pese a quien pese. Y se certificará su defunción en las urnas. Será inevitable.
No importan las multas. No importa el Estado policial en que están convirtiendo nuestro Estado de derecho. Por mucha policía que pongan, seguimos siendo más. No estamos dormidos ni muertos. Y tenemos todas las razones para estar más unidos que nunca.

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La hipocresía y otros valores

Somos todos unos hipócritas. Salvo honrosas excepciones. ¿Cuántas? Ni idea.
¿Por qué? Porque solo algunas voces críticas se han levantado contra un gobierno que quiere volver a instaurar las cuchillas del dolor en el muro de la vergüenza. Porque nos horroriza en público lo que aplaudimos en privado. Porque pensamos que las muertes, según de dónde vengan, valen más o menos.

Hace unas semanas, la prensa y los medios de comunicación españoles se vieron inmersos en una campaña mediática paralela a la investigación por la muerte de Asunta, la niña presuntamente asesinada por sus progenitores en Santiago de Compostela. Una desconocida que se coló en nuestros hogares por la ventana mediática y que tomó forma en los salones de nuestras casas. Nos unimos en un hipotético dolor y a una flamante indignación generalizada. Algunos, incluso, se atrevieron a gritar, maldecir e incluso escupir a la extraña madre adoptiva a las puertas del juzgado cuando iba a ser interrogada. Las tertulias improvisadas en puertas de colegios y cafés rondaban en torno al horror que una muerte inexplicable y estúpida nos producía.

Luego llega Lampedusa. Las imágenes impactantes de cientos de cadáveres puestos en fila conmovieron momentáneamente nuestros corazones. Eran los restos de un naufrágio. Los restos de aquellos que, aún conociendo el peligro del trámite, se arriesgan. Y pierden. ¿Pierden? Ellos ya eran perdedores, sin duda. Perdedores a la hora del reparto del pastel en que se ha convertido la Tierra. Nuestro planeta no es desigual;Pero, las condiciones impuestas lo han convertido en un mapa de colores, donde rojo es hambre y azul es Vida. Los puntos rojos son el núcleo de donde salen en estampida aquellos seres humanos que, sencillamente, no pueden tener vida. La vida está en el otro lado de algún mar. Al otro lado de algún espejo. Nunca eligieron de qué lado estar. En el reparto de las cartas estos naúfragos se vieron impelidos a moverse desde los focos inestables de dolor y muerte que nosostros, aquellos que les negamos auxilio y cobijo, hemos provocado en las puertas de sus casas.

Primero vamos a sus países y les robamos sus recursos. En nombre de una civilización mal entendida nos aseguramos que nuestros emporios se enriquezcan con los recursos que la naturaleza, sabiamente, había repartido. Les robamos sus minas, su oro, su petróleo… Les robamos hasta su comida y su agua. Provocamos hambrunas. Provocamos guerras. Y en ésto, todos somos cómplices. Son nuestros bancos. Nuestras empresas. Nuestros gobiernos. Les echamos de sus casas y les abandonamos a su suerte. Les obligamos a cruzar miles de kilómetros en busca, no de un mundo mejor, sino de un Mundo. Luego, nos aprovechamos de sus esperanzas y permitimos, e incluso alentamos, las masacres que estos gobiernos nuestros, representantes a fín de cuentas de la Unión Europea en estado puro, realizan cada día a las puertas de estos muros de vergüenza. Muros de contención, no solo de esperanzas, sino de la vida misma. Y a los que logran salir, los que logran cruzar esos muros y esos mares, los aplastamos bajo el yugo de una dudosa legalidad. Los internamos en los centros de acogida (pareciera que fueran centros de bienvenida), los aislamos y los tratamos como a delicuentes, mientras los verdaderos delincuentes quedan impunes detrás de sus flamantes despachos.

Y lo peor de todo es que les robamos lo más importante. Aquello que les dió el valor y la fuerza para seguir caminando: les robamos su dignidad.

Ahora, nos enteramos que el desierto se ha tragado la vida de cientos de personas. De mujeres y niños que, sabiendo que nada tienen que perder, excepto la vida, se lanzan a la aventura más dramática. Pero claro, ellos ya saben de dramatismo. Toda su vida es un puro drama. Mujeres y niños, los más débiles y, a la vez, los más fuertes. Nos asombramos, porque hace mucho tiempo que el mal llamado primer mundo no se ve obligado a reaccionar. Nos asustamos, porque una parte de la población mundial se arriesga. Ponen en evidencia los pilares de nuestra sociedad. Y nos obliga a recomponer nuestra pose. Ellos eligen el riesgo. No es solo una llegada sino que también fue una huída. Éramos su única salida. Salida al mar que devora. Salida al desierto que ahoga. Curioso dilema: morir de sed o morir de agua. Niños aferrados a sus escasas pertenencias. Madres aferradas al dolor de una vida injusta.

Somos unos hipócritas, porque partimos de la base de una gran desventaja en el juego. Hacemos trampas. Jugamos la vida con cartas marcadas. Y al final, la evidencia es que no vale igual la vida de un niño en África o en Europa. Nuestro horror es gradual. Y nuestra hipocresía, la base.

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Seguir robando a los pobres para dárselo a los ricos

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Salgo, asombrada, del cine. Acabo de ver la última película del director Costa Gavras, El Capital. Su compromiso social queda patente en este film que, seguramente, no pasará a la Historia del Cine. Por el contrario, su historia, debería servir como guía educativa de lo que está pasando en el mundo económico hoy en día. Todo lo que escribimos y leemos diariamente, toma forma en las peripecias del nuevo Presidente de un banco francés. Su afán desmedido por el dinero le va transformando, hasta convertirse en un tiburón blanco más que copan los mares del mundo.

Costa Gavras no descubre nada nuevo. Pero, da forma a las palabras incomprensibles del lenguaje mercantilista. Donde dicen despidos, se lee restructuración. Donde dicen pérdidas se lee menor beneficio. Logra hacer comprensible todo lo que dicen artículos y entrevistas de información alternativa. Consigue humanizar a un tipo de persona deshumanizada. Nos muestra la perversión del sistema con todo detalle: como un forense que abre en canal a la víctima del homicidio más brutal ideado por el hombre y nos va relatando pormenorizadamente los detalles más escabrosos de dicho asesinato.

El banquero quizás fue humano en sus inicios. Las circunstancias le ponen a prueba y sale victorioso de cada envite que se le presenta. Luego, se crece y crece, hasta convertirse en un ser abyecto. En una reunión familiar su tío le increpa sobre los despidos masivos que se ha visto obligado a realizar, por parte del accionariado. La defensa a ultranza que hace de la globalización pone los pelos de punta. No importa que las víctimas y esclavos sean niños thailandeses, mujeres bangladesíes o chinos. Su excusa es que, con este sistema de explotación sostenido, dichas personas esclavizadas podrían al menos, comer. A veces su candidez te confunde. Le ves oscilando entre ser bueno o malo, cuando entre lo que de verdad oscila es entre ser malo o ser peor. Nada de empatía. Nadie le importa. Bueno, sí: el dinero.

La globalización llegó a nuestra puerta hace años, y muchos se dieron cuenta de la aberración de lo que nos esperaba. Las manifestaciones antiglobalización fueron demasiado pequeñas, demasiado escasas. La información nos fue arrebatada e ignoramos a aquellos que quisieron ser nuestros maestros. Internet nos puso en contacto unos grupos con otros y nos congratulamos. Pero, algunos efectos de la globalizaciçón de las ideas ha sido nefasta por haber permitido la entrada de su mano de los males capitalistas. Todas las acciones de los bancos del mundo están iremediablemente concatenadas. Los efectos de dicha concatenación las conocemos de sobra: llevamos casi cinco años aprendiendo sus diversos nombres. BCE, Goldman Sachs, FMI, Banco Mundial son nombres de corporaciones que resuenan en nuestros oidos como los analistas financieros que nos pueden socorrer. Pero son nuestros verdugos. Son los asesinos de los pueblos: nuestros asesinos.

Quieren nuestra sangre, además de nuestro dinero. Quieren nuestra vida a cambio de unas migajas del antiguo Estado. Quieren nuestro presente, además del futuro hipotecado. Tienen hambre de poder, el cual ejercen sin la más mínima piedad posible. Quieren nuestros derechos, para dejarnos desnudos. Y casi lo están consiguiendo: desnudos de esperanza. El desasosiego inunda nuestra vida y corroe nuestras entrañas. Y han conseguido que nos sintamos impotentes. Le han dado la vuelta al lema de Robin Hood, arquetipo nacido de la pluma de Wyrkyn de Worde, quien robaba a los ricos que vivían de cobrar los impuestos, para devolverlo a los pobres. Y, como termina el protagonista de la película de Costa Gavras, han empezado a jugar con las vidas humanas, robando a los pobres para seguir dándoselo a los ricos. Un aplauso general del Consejo de Administración del banco ante tales palabras, una explosión general de alegría tras la comunicación de su nuevo presidente de las lineas de actuación, me recordó el otro ¡Que se jodan! pronunciado en el Congreso de los diputados y la algarada posterior al anuncio de los Recortes, con una grada pletórica y feliz. Y la frialdad del público asistente no fue sino la toma de consciencia de los poderes fácticos que nos gobiernan y dirigen, aquellos que se esconden tras unas siglas que creen que les adecentan, y que no son más que una pandilla de delicuentes de guante blanco a los que no veíamos porque vivían camuflados en el sistema.

Foto cedida por Aihdes: http://www.flickr.com/photos/58590201@N04/

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Soberanía secuestrada

Nos quedamos perplejos ante los hechos que, cada día, evidencian más y más el secuestro de nuestra soberanía. Impertérritos, incluso. Y nuestro silencio se convierte en complicidad. Estamos siendo gobernados desde la irrealidad más absurda. O quizás es que, algunos, estamos como Alicia en el país de las maravillas, tras el espejo. Y lo que vemos desde allí es el mundo que debería ser, y vivimos en la utopía de lo que no debería ser.

Cada día los hechos me confirman la disociación en la que vivo. Alejada por completo del gobierno que nos desgobierna, supeditado siempre a los poderes fácticos del mundo: UE, Alemania o Estados Unidos. Sucumbimos ante el poder real, el económico seguramente. Subyugados por el miedo, nuestro gobierno ha desoído las consignas de la razón. Se ha sometido- casi seguro de buena gana- a los dictados de un país que, avergonzado ante las declaraciones de espionaje a nivel mundial, esconde su vergüenza tras un muro de lo de siempre: ladrillos de soberbia. La poca credibilidad que le quedaba a su presidente, Obama, se va diluyendo rápidamente entre los flujos de la información que algunos disidentes de este sistema de control ponen en evidencia su gestión. Parece mentira que Obama haya caído en el más absoluto abismo, después del incalificable error de nombrarle Premio Nóbel de la Paz.

Y yo no doy crédito. Es decir, sí que lo doy. Lo sospechábamos: demasiado tiempo de una guerra fría que le vino muy bien a Estados Unidos. Demasiado tiempo perdiendo poder. Demasiado tiempo perdiendo guerras. Demasiado tiempo, en definitiva, perdiendo prestigio y poder. Y luego, estamos estos paises satélites, los que no tenemos ningún poder real, ni fáctico. No tenemos independencia de criterio. No tenemos conciencia ni ética. Y cuando Obama le pide a sus satélites europeos que hagan algo inmoral y poco ético…corren a hacerlo. Sin medir consecuencias, desastrosas, creando precedentes que van a costarnos caro. Muy caro. Porque ésto es solo el principio. Vamos a ver muchas más cosas que no habíamos visto nunca antes. Vamos a oir muchas cosas que nunca habremos oído antes. Y vamos a vernos sometidos como nunca antes nos vimos sometidos.

No es solo que Evo Morales no lo merezca, como cualquier otro presidente de un país del mundo. Es que, precisamente, habernos mostrado vergonzosamente fuertes con un país al que creemos intrascendente es el problema. ¿Qué hubiera pasado si nos lo hubieran pedido hacerlo con el avión de la presidenta de Alemania? ¿Y con Putin? ¿Y con el avión del presidente de China? No me llega la imaginación para ir tan lejos. Esa forma de sumisión que tenemos es lo que me preocupa. No he olvidado los aviones que Bush mandó desde Iraq a Guantánamo, pasando por España. Entonces, y no ahora, deberíamos haber meditado más el tipo de relación que queríamos mantener. Someternos entonces fue del todo intolerable. Me temo que ahora ya es tarde. Me temo que estamos en manos de aquellos que nos compraron, a través de la deuda o a través de esos lazos de clientelismo ciego perpretados en el pasado.

Hemos elegido ser siervos. Han elegido por nosotros, claro está. Pero, nuestro silencio nos hace cómplices. Estos desmanes que no cesan. Estos desmanes que no paran.

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